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... más aún luego de conocerse que tanto los gobiernos como los bancos de la región no están dispuestos a llevar adelante los temidos “Stress Tests”, aquellos test utilizados para determinar la estabilidad de las entidades y clarificar en qué estado se encuentran los bancos respecto a sus balances. En las últimas semanas las tasas de interés para préstamos entre las entidades financieras se duplicaron, y la habilidad de los bancos para refinanciar su deuda ha disminuido marcadamente.
Estados Unidos llevó adelante esta tarea luego de la crisis del 2008, obligando a los bancos con poca solvencia a ampliar su capital y recaudar fondos que brindaran mayor estabilidad a las instituciones. De este modo tanto los usuarios del sistema bancario como las entidades podían quedarse tranquilos al saber que la confianza del sistema estaba sustentada por activos reales, generando además un impacto positivo para el mercado. Situación similar vivió Japón en la década de los 90.
Pero lo llamativo es que los europeos han estado esquivando esta modalidad de medición, no sólo por la reticencia a adoptar medidas recomendadas por los Estados Unidos (aunque sean las adecuadas), sino por el problema central que representaría mostrar al mercado un fuerte deterioro de los estados contables de los bancos. Esto podría implosionar la frágil confianza en el sector, generando más corridas en los mercados de acciones y desestabilizando a los ya alicaídos estados de la eurozona. Pero el dilema también tiene una trasfondo político, pues los gobiernos han debido tomar medidas impopulares para salvar a sus banqueros (con dinero de los contribuyentes), y nada sería peor que mostrar a esos mismos bancos al borde del desastre. Así, nuevamente la eurozona queda entre la espada y la pared: Tomar la decición correcta y evaluar a los bancos para saber dónde están parados, o ocultar los datos desalentadores a fin de que los mercados no se derrumben. |